Con motivo del 25 de noviembre, “Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”, la Red de Igualdad de Género del Sur de Tenerife, se ha elegido lema: “Cuerpos diversos, cuerpos libres. Revelémonos contra la violencia estética & quot;.
Durante décadas hemos convivido con un modelo de belleza homogéneo, exigente y, sobre todo, excluyente. Rostros simétricos, pieles sin imperfecciones, cuerpos delgados y tonificados… Un canon que ha moldeado deseos, conductas y sufrimientos.
Esta presión social para acomodar el cuerpo a cánones estéticos normativos, y sus consecuencias, tiene nombre: violencia estética, y atraviesa la vida cotidiana, la salud mental y las desigualdades de género.
Es la violencia del “no encajas”. Es el resultado de una estructura cultural y mediática que premia la apariencia física dentro de unos márgenes muy estrechos y penaliza cualquier diferencia.
Si observamos las cifras, comprobaremos que son aterradoras.
Según la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME), el 46,5 % de la población española se ha sometido a algún tratamiento de medicina estética.
Somos uno de los países europeos con más intervenciones estéticos per cápita, y la edad de inicio desciende cada vez más: los pacientes jóvenes (de 16 a 25 años) se multiplican.
Se realizan más de 200.000 operaciones con fines puramente estéticos y siguen siendo las mujeres las que encabezan éstas, suponiendo el 83 % de los pacientes totales.
La publicidad, las influencers y la cultura visual de las redes amplifican un mensaje constante: “tu cuerpo podría ser mejor”, “puedes ser tu mejor versión”… Según un estudio de la Universidad de Sevilla y el Ministerio de Sanidad, el 38,5 % de los adolescentes españoles presenta malestar emocional frecuente producida por una insatisfacción corporal. Entre las chicas, este malestar prácticamente se duplica respecto a los chicos. Y son muchas las que piden una intervención estética como regalo de cumpleaños.
El concepto de “violencia estética” hace referencia a todas las formas de presión que obligan, directa o indirectamente, a modificar el cuerpo para cumplir con un estándar. No se trata solo de operaciones o tratamientos, sino también de los mensajes cotidianos que juzgan y jerarquizan los cuerpos.
En la práctica, esta violencia la encontramos en los medios de comunicación y la publicidad que reproducen modelos de belleza que asocian el éxito y la felicidad con una determinada apariencia. Solo un 3 % de los personajes femeninos que aparecen en anuncios de televisión en nuestro país, corresponde a cuerpos diversos.
El ámbito digital es quizá el más relevante: redes como Instagram o TikTok refuerzan el culto a la imagen. El uso de filtros, edición fotográfica y retos virales sobre el cuerpo alimentan una cultura de comparación constante. Pero las relaciones interpersonales también son importantes. Hacer comentarios sobre el físico (“has cogido unos kilos”, “qué bien estás ahora”, “ahora que estás más delgada estás más guapa”…) influyen de forma decisiva sobre el concepto que tenemos de nosotras mismas. Y son en los entornos familiares o laborales, donde los cuerpos siguen siendo objeto de opinión pública.
Pero las consecuencias ante este juicio sobre nuestros cuerpos no son solo simbólicas. En la actualidad, organismos como el Ministerio de Sanidad alerta del aumento de los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), especialmente entre mujeres jóvenes. Y los casos de ansiedad, depresión y
autolesiones se han disparado desde la pandemia.
Los trastornos de la conducta alimentaria son solo la punta del iceberg. A ellos se suman el abuso de fármacos para adelgazar, el consumo excesivo de suplementos o la dependencia de tratamientos estéticos como mecanismo de validación social. Todo ello sostenido por un discurso de “autoamor” que,
paradójicamente, se vende desde la exigencia y el perfeccionismo.
Pero como venimos diciendo a lo largo de este artículo, una vez más la violencia estética tiene un claro sesgo de género.
Desde la infancia se les enseña a las niñas, que su valor está ligado a la belleza, mientras que a los hombres se les asocia con el éxito o la fuerza.
Según un estudio del Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid (2024), el 73 % de las mujeres encuestadas afirma haber recibido comentarios negativos sobre su cuerpo en algún momento de su vida, frente al 39 % de los hombres.
Esta brecha no solo se traduce en presión psicológica, sino también en desigualdad económica. Las mujeres europeas gastan, de media, el doble que los hombres en productos de cuidado personal y estética.
La violencia estética, por tanto, no es solo un problema individual: refuerza estereotipos de género, sostiene industrias que lucran con la inseguridad y perpetúa jerarquías sociales basadas en la apariencia.
¿Qué solución existe para erradicar esta violencia estética? Combatir la violencia estética exige un enfoque múltiple. No basta con promover la “autoaceptación” si el entorno continúa transmitiendo los mismos ideales excluyentes. Las soluciones deben combinar políticas públicas, educación, regulación y cambio cultural.
Revelarse contra la violencia estética no significa rechazar el cuidado personal ni la búsqueda de bienestar. Significa romper el vínculo entre valor y apariencia, liberar el cuerpo del juicio constante y reivindicar la diversidad como un principio de justicia y salud.
En un país donde casi la mitad de la población se somete a tratamientos estéticos y donde la insatisfacción corporal crece entre las jóvenes, urge un debate social profundo. El cuerpo no es un proyecto de mejora continua: es un territorio de identidad, memoria y libertad. “Cuerpos diversos, cuerpos libres” no es solo un lema. Es una necesidad colectiva para construir una sociedad donde la belleza deje de ser una obligación y vuelva a ser lo que siempre fue: una expresión plural de lo
humano.
Ana Moruno Rodríguez
Historiadora del Arte











