Cada 11 de enero se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, una fecha impulsada por las Naciones Unidas para reconocer el papel fundamental que desempeñan las mujeres en el desarrollo científico y tecnológico y para denunciar las desigualdades que aún persisten en este ámbito. Aunque en las últimas décadas se han producido avances significativos, la situación actual demuestra que la igualdad en la ciencia sigue siendo más formal que real. Comprender esta realidad exige mirar al presente, pero también reconocer el peso de una historia que ha condicionado durante siglos el acceso, el reconocimiento y la permanencia de las mujeres en el conocimiento científico.
La exclusión de las mujeres de la ciencia no fue un fenómeno accidental, sino el resultado de estructuras sociales e institucionales que limitaron su acceso a la educación y al reconocimiento intelectual. Sin embargo, las mujeres siempre estuvieron presentes en la producción de conocimiento. Figuras como Hipatia de Alejandría, matemática y astrónoma en la Antigüedad, o Hildegarda de Bingen, estudiosa de la medicina y la botánica en la Edad Media, demuestran que el interés y la capacidad científica femenina han existido desde los orígenes mismos del pensamiento racional. La diferencia es que estas mujeres fueron excepciones toleradas en un sistema que no estaba diseñado para incluirlas.
Con la consolidación de la ciencia moderna y la creación de universidades y academias científicas, la exclusión se volvió más sistemática. Durante siglos, las mujeres quedaron al margen de los espacios donde se producía y validaba el conocimiento. Aun así, muchas contribuyeron de manera decisiva desde los márgenes, como Émilie du Châtelet en la física newtoniana o Caroline Herschel en la astronomía. Esta historia de participación sin reconocimiento sentó las bases de una ciencia que se construyó mayoritariamente con nombres masculinos, generando una imagen del saber científico profundamente masculinizada que todavía hoy tiene consecuencias.
En la actualidad, las mujeres acceden a la educación superior en igualdad de condiciones e incluso superan numéricamente a los hombres en muchas disciplinas. Sin embargo, esta presencia inicial no se traduce en igualdad a lo largo de la carrera científica. A medida que se avanza hacia puestos de mayor responsabilidad, liderazgo y prestigio, la presencia femenina disminuye de forma progresiva. Este fenómeno no responde a una falta de capacidad ni de vocación, sino a la persistencia de barreras estructurales que dificultan la permanencia y la promoción de las mujeres en el sistema científico.
Las desigualdades actuales rara vez se manifiestan de forma abierta. Operan a través de mecanismos más sutiles, como los sesgos inconscientes en los procesos de evaluación, la menor visibilidad de los logros femeninos o la penalización de las interrupciones en la trayectoria profesional. Estudios contemporáneos muestran que los currículos de mujeres son evaluados con mayor exigencia, que sus publicaciones reciben menos citas y que acceden en menor medida a financiación para proyectos de investigación. Estas dinámicas recuerdan, en formas modernas, a casos históricos como el de Rosalind Franklin, cuyo trabajo fue esencial para el descubrimiento de la estructura del ADN, pero fue ignorado en el reconocimiento oficial. Uno de los ámbitos donde la desigualdad sigue siendo más evidente es el de las disciplinas STEM. La infrarrepresentación femenina en ingeniería, tecnología o física no se explica únicamente por decisiones individuales, sino por un entramado de factores sociales, educativos y culturales que comienzan en la infancia. La ausencia de referentes femeninos en los relatos científicos tradicionales ha contribuido a la idea de que la ciencia no es un espacio propio para las mujeres. Durante generaciones, los grandes nombres asociados al progreso científico han sido masculinos, lo que ha limitado las aspiraciones de niñas y jóvenes y ha reforzado estereotipos difíciles de desmontar.
Recuperar la memoria histórica de las mujeres en la ciencia es, por tanto, una herramienta clave para transformar el presente. Conocer las aportaciones de Ada Lovelace en los orígenes de la informática, de Marie Curie en la física y la química o de Katherine Johnson en la carrera espacial no solo repara una injusticia histórica, sino que amplía el imaginario colectivo sobre quién puede hacer ciencia. La visibilidad no es un elemento accesorio, sino un factor determinante en la construcción de vocaciones y en la legitimación del talento femenino. Otro de los grandes desafíos actuales es la conciliación entre la vida personal y la carrera científica. El modelo de ciencia vigente sigue basándose en una disponibilidad total, heredera de una época en la que el científico era un hombre liberado de las responsabilidades domésticas. Este modelo penaliza especialmente a las mujeres, que continúan asumiendo mayor carga de cuidados. La maternidad, en particular, sigue teniendo un impacto negativo en la progresión profesional femenina, mientras que la paternidad no genera el mismo efecto. Sin una revisión profunda de los criterios de evaluación y de las condiciones laborales, la igualdad seguirá siendo un objetivo difícil de alcanzar.
En este contexto, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia adquiere un significado que va mucho más allá de la celebración simbólica. Es una oportunidad para cuestionar el funcionamiento actual del sistema científico, revisar sus prácticas y reconocer que la diversidad no es solo una cuestión de justicia social, sino también de calidad del conocimiento. Una ciencia que excluye o desincentiva a una parte de la población es una ciencia incompleta. La historia de las mujeres en la ciencia no es solo una sucesión de obstáculos superados, sino también un relato de silencios impuestos y de talentos desperdiciados. Mirar al presente desde esta conciencia implica asumir una responsabilidad colectiva: la de no repetir las omisiones del pasado bajo formas más amables. El 11 de enero nos invita a detenernos, a recordar y a imaginar. A pensar en las niñas que hoy miran el mundo con curiosidad científica y a preguntarnos qué tipo de ciencia les estamos ofreciendo. Una ciencia que las espera, las reconoce y las acompaña no solo será más justa, sino también más humana. Porque el conocimiento que deja fuera voces esenciales no avanza: se queda incompleto.
Ana Moruno Rodríguez
Historiadora del Arte











