No celebramos una fecha. Hoy nos detenemos a mirar el mundo que hemos heredado y el que aún estamos construyendo.
Hay fechas que adquieren un valor simbólico que trasciende la mera conmemoración para convertirse en espacios de reflexión colectiva. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una de ellas.
El carnaval es un territorio de ambigüedad. Bajo el ruido, el color y la máscara, se esconden tensiones sociales, disputas de poder y anhelos de libertad que rara vez encuentran espacio en la vida cotidiana. Sin embargo, incluso en esta fiesta de inversión simbólica del orden, las mujeres no han ocupado históricamente una posición de igualdad. El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife (hoy reconocido internacionalmente como uno de los más importantes del mundo) ofrece un ejemplo paradigmático de cómo las mujeres han transitado desde la invisibilidad y el control moral hacia un protagonismo creativo, crítico y transformador.
Hoy nos congregamos en este espacio emblemático de lucha y reivindicación por los derechos de las mujeres, para expresar nuestra más profunda repulsa ante el crimen ocurrido en Arona, donde un niño ha sido asesinado y su madre permanece gravemente herida como consecuencia de una agresión machista.

Los medios de comunicación configuran la percepción de la realidad, promueven valores culturales y definen quién tiene acceso a la palabra pública. Dentro de estas estructuras, la participación de las mujeres ha estado históricamente marcada por desigualdades en su presencia, en los roles que ocupan y en la autoridad que se les reconoce. La radio, medio profundamente proyectivo y cercano a la ciudadanía, ofrece un caso paradigmático para analizar estas dinámicas, particularmente en España, donde el progreso hacia la igualdad ha sido significativo, pero aún insuficiente. La radio fue uno de los primeros medios de comunicación masiva del siglo XX y, como otros ámbitos culturales, reflejó las estructuras patriarcales de su entorno social. Aunque desde su inicio aparecieron mujeres como locutoras, su participación en programas de información seria, análisis político o dirección ha sido históricamente minoritaria. Esta subordinación se relaciona con sesgos culturales que asocian la autoridad comunicativa con voces masculinas, prejuicio que según estudios de género influye en la percepción de credibilidad y seriedad de quienes hablan en medios. Esta brecha simbólica se vincula con conceptos teóricos como el de “capital simbólico” de Pierre Bourdieu, que subraya cómo ciertas voces adquieren legitimidad dentro de estructuras de poder dominadas por hombres.