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Ellas son Carnaval

25 FEBRERO 2026

El carnaval es un territorio de ambigüedad. Bajo el ruido, el color y la máscara, se esconden tensiones sociales, disputas de poder y anhelos de libertad que rara vez encuentran espacio en la vida cotidiana. Sin embargo, incluso en esta fiesta de inversión simbólica del orden, las mujeres no han ocupado históricamente una posición de igualdad. El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife (hoy reconocido internacionalmente como uno de los más importantes del mundo) ofrece un ejemplo paradigmático de cómo las mujeres han transitado desde la invisibilidad y el control moral hacia un protagonismo creativo, crítico y transformador.

En los siglos XVIII y XIX, el carnaval tinerfeño se desarrolló en una sociedad profundamente jerarquizada, donde el acceso de las mujeres al espacio público estaba estrictamente regulado. Las celebraciones carnavalescas, especialmente las que tenían lugar en la calle, fueron durante mucho tiempo un ámbito predominantemente masculino. Las mujeres participaban, sí, pero de manera condicionada: en bailes privados, en reuniones familiares o bajo una estricta vigilancia social que limitaba su comportamiento y su visibilidad.

No obstante, el disfraz ofrecía una grieta en ese orden. Ocultar el rostro suponía, para muchas mujeres, una posibilidad excepcional de transgresión: caminar solas, hablar libremente, reír sin permiso. El carnaval se convirtió así en un espacio ambivalente, donde la libertad femenina existía, pero siempre
bajo el amparo del anonimato.

La prohibición del carnaval durante la dictadura franquista marcó uno de los periodos más oscuros de su historia. Rebautizado como “Fiestas de Invierno”, el carnaval sobrevivió en una forma domesticada, despojada de su carga crítica y subversiva. En este contexto, el papel de las mujeres fue
esencial, aunque raramente reconocido.
Fueron ellas quienes conservaron la tradición en el ámbito doméstico: cosieron disfraces, enseñaron canciones, transmitieron la memoria oral de la fiesta y sostuvieron la continuidad cultural en tiempos de censura. Esta resistencia silenciosa, alejada de los focos, fue fundamental para que el carnaval pudiera resurgir con fuerza tras la llegada de la democracia. La historia del carnaval tinerfeño no puede comprenderse sin esta labor invisible, profundamente femenina y colectiva.
Con la recuperación democrática, el carnaval volvió a ocupar las calles y, con él, se amplió progresivamente la presencia femenina. Las comparsas se convirtieron en uno de los primeros espacios donde las mujeres alcanzaron un protagonismo indiscutible, tanto desde el punto de vista artístico como organizativo. El cuerpo, el baile y la música dejaron de ser meros elementos decorativos para convertirse en lenguajes de expresión y afirmación.

Más complejo fue el acceso a las murgas, tradicionalmente dominadas por hombres y consideradas uno de los espacios más críticos y discursivos del carnaval. La aparición de murgas femeninas supuso un desafío directo a las jerarquías simbólicas de la fiesta. Durante años, estas agrupaciones fueron
cuestionadas, infravaloradas o tratadas como anecdóticas. Sin embargo, con perseverancia y calidad artística, lograron consolidarse y aportar una mirada propia, incorporando al discurso murguero temas relacionados con la desigualdad, la experiencia femenina y las transformaciones sociales.
El Carnaval de Santa Cruz de Tenerife no puede entenderse sin la aportación de mujeres creadoras que han marcado su estética y su proyección exterior. En el ámbito del diseño de fantasías, figuras como María Díaz, Isidro Hernández (en colaboración constante con equipos femeninos) o Sedomir Rodríguez de la Sierra han trabajado junto a numerosas mujeres diseñadoras, modistas y artesanas cuyo trabajo sostiene el espectáculo visual del carnaval, aunque sus nombres no siempre ocupen el primer plano.
Asimismo, mujeres vinculadas a la comunicación y la divulgación cultural, como Nira Juanco, han desempeñado un papel clave en la proyección mediática del carnaval, contribuyendo a construir un relato más inclusivo y a visibilizar el trabajo colectivo que lo hace posible.
En el ámbito musical y cultural canario, figuras como María Mérida, aunque asociadas al folclore, representan una genealogía femenina de la voz pública que conecta directamente con el espíritu del carnaval como expresión popular y colectiva, que aún late en los corazones canarios.
La elección de la Reina del Carnaval, instaurada en la primera mitad del siglo XX, se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de la fiesta. Históricamente, este acto ha reflejado los modelos estéticos y sociales de cada época. Aunque ha sido objeto de críticas por su vinculación con ideales de belleza normativa, también ha servido como escaparate del trabajo creativo y artesanal de muchas mujeres, desde las propias candidatas hasta los equipos que hacen posible cada fantasía.
En las últimas décadas, el debate social ha propiciado una reflexión más amplia sobre este símbolo, abriendo el camino a nuevas formas de entender la representación femenina dentro del carnaval y a una mayor diversidad de referentes.

En el carnaval contemporáneo, las mujeres ocupan espacios que durante mucho tiempo les fueron negados. Son compositoras, directoras de murgas, diseñadoras de trajes, coreógrafas, músicas, técnicas y gestoras culturales. Desde estos lugares, no solo participan, sino que definen el rumbo artístico y discursivo de la fiesta.
El carnaval se ha convertido, además, en un espacio desde el que muchas mujeres articulan discursos críticos sobre la igualdad, la violencia machista, la diversidad y la memoria histórica. El humor, la sátira y el disfraz funcionan como herramientas poderosas para cuestionar el orden social y ensanchar los límites de lo decible.
La historia de las mujeres en el Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es una historia de presencia persistente, aunque muchas veces silenciada. Desde la participación vigilada hasta el liderazgo creativo, las mujeres han sido pilares fundamentales de la fiesta, incluso cuando su contribución no fue reconocida públicamente.
Hoy, el carnaval no solo las muestra: les pertenece. Reconocer su papel es reconocer que la cultura popular no se sostiene únicamente en el espectáculo visible, sino en las voces que resistieron, crearon y transformaron desde los márgenes. Porque sin las mujeres que lo habitaron, lo cuidaron y lo reinventaron, el carnaval tinerfeño no sería lo que es: un espacio vivo de memoria, crítica y celebración colectiva.

Ana Moruno Rodríguez
Historiadora del Arte


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