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Mujeres en los márgenes de la historia del autismo

6 ABRIL 2026

El estudio del trastorno del espectro autista ha estado históricamente marcado por un sesgo androcéntrico tanto en la investigación como en la práctica clínica. Desde las primeras descripciones clínicas en el siglo XX, el modelo diagnóstico dominante se construyó principalmente a partir de observaciones de niños varones, lo que contribuyó a generar una comprensión parcial del fenómeno y a invisibilizar las manifestaciones del autismo en mujeres.
Paradójicamente, las mujeres han ocupado un papel central en tres dimensiones fundamentales del autismo: como investigadoras que han contribuido a redefinir el concepto, como principales cuidadoras en el ámbito familiar y como grupo históricamente infradiagnosticado cuya visibilización está transformando la comprensión científica actual.
El presente artículo pretende reflejar cómo la relación entre mujeres y autismo revela una desigualdad estructural en la producción de conocimiento biomédico y en la distribución social del trabajo de cuidados, pero también se atisba un cambio de paradigma impulsado en gran medida por investigadoras y mujeres autistas que han contribuido a redefinir el espectro desde perspectivas
más inclusivas.
Aunque las primeras conceptualizaciones del autismo estuvieron dominadas por figuras como Leo Kanner y Hans Asperger, diversas investigadoras han desempeñado un papel clave en la evolución del concepto contemporáneo de espectro autista.
Entre ellas destaca Lorna Wing, cuya contribución fue decisiva para introducir la noción de espectro en los años ochenta. Wing propuso que el autismo no debía entenderse como una condición única y homogénea, sino como un continuo de características con distintos niveles de apoyo necesarios.
Su trabajo también contribuyó indirectamente a abrir la puerta al reconocimiento de perfiles menos visibles, incluyendo los femeninos.
Posteriormente, investigadoras como Uta Frith han contribuido al desarrollo de teorías cognitivas del autismo, mientras que estudios posteriores han cuestionado el llamado extreme male brain theory propuesto por Simon Baron-Cohen, que sugiere una asociación entre el autismo y perfiles cognitivos sistematizadores tradicionalmente asociados a patrones masculinos.
Aunque esta teoría ha tenido influencia, también ha generado críticas por su posible simplificación de la diversidad neurológica y por reforzar asociaciones binarias entre cognición y género.

Uno de los aspectos más relevantes en la literatura científica reciente es el reconocimiento del sesgo diagnóstico. Durante décadas, se estimó que el autismo era aproximadamente cuatro veces más frecuente en hombres que en mujeres. Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que esta proporción puede estar distorsionada por factores metodológicos.
Algunos estudios plantean que la ratio real podría situarse más cerca de 3:1 o incluso 2:1 en determinados grupos, lo que sugiere un infradiagnóstico significativo en mujeres.
Las causas propuestas incluyen: Criterios diagnósticos basados en muestras masculinas, muchos instrumentos clínicos se desarrollaron utilizando principalmente poblaciones masculinas, diferencias en la socialización de género (las niñas pueden recibir mayor presión social para desarrollar
habilidades sociales compensatorias).
Muchas mujeres autistas desarrollan estrategias conscientes o inconscientes para imitar comportamientos sociales neurotípicos.
Este fenómeno de camuflaje social se ha convertido en un área central de investigación, ya que se ha asociado con mayores niveles de ansiedad, agotamiento psicológico y diagnósticos tardíos.
Más allá del ámbito científico, la relación entre mujeres y autismo también debe analizarse desde la sociología del cuidado.
Diversas investigaciones muestran que las madres continúan siendo las principales responsables del acompañamiento terapéutico, la gestión educativa y la coordinación sanitaria de hijos autistas. Este fenómeno puede entenderse dentro de lo que la socióloga Arlie Russell Hochschild denominó el “segundo turno”: el trabajo no remunerado que muchas mujeres realizan tras su jornada laboral.
En el contexto del autismo, este trabajo puede implicar: coordinación de intervenciones terapéuticas, adaptación del entorno educativo, mediación con profesionales, gestión emocional familiar…
Algunos estudios también han identificado mayores niveles de estrés crónico en madres de niños autistas en comparación con otros grupos de padres, lo que pone de relieve la necesidad de sistemas de apoyo estructurales.
Sin embargo, y pese a todo lo expuesto, una de las transformaciones más significativas del siglo XXI ha sido la creciente visibilidad de mujeres autistas adultas, muchas de las cuales fueron diagnosticadas tardíamente.

Esta visibilización ha sido impulsada en parte por el movimiento de la neurodiversidad y por autoras como Temple Grandin, que contribuyó a popularizar una visión del autismo centrada en las diferencias cognitivas más que en el déficit.
Más recientemente, investigadoras y divulgadoras autistas han destacado la importancia del conocimiento experiencial como complemento al conocimiento clínico tradicional.
Este cambio refleja una transformación epistemológica: el paso de un modelo exclusivamente biomédico a uno más participativo donde las propias personas autistas contribuyen a definir el objeto de estudio.
Además, la creciente inclusión de mujeres investigadoras y personas autistas en la investigación no solo mejora la representación, sino también la calidad epistemológica del conocimiento producido.
Por todo lo expuesto, concluyo que el análisis de la relación entre mujeres y autismo revela una paradoja estructural: mientras han sido fundamentales en el desarrollo del conocimiento científico y en el sostenimiento cotidiano del cuidado, también han sido históricamente invisibilizadas como
sujetos diagnósticos.
La creciente visibilización del autismo femenino no representa simplemente una corrección estadística, sino una transformación conceptual que obliga a reconsiderar cómo influyen el género, la socialización y los sesgos científicos en la definición misma de las condiciones neurológicas.
Más que añadir a las mujeres al relato existente del autismo, este
cambio está contribuyendo a reescribirlo. Porque la historia de las mujeres en el autismo demuestra que quienes durante décadas sostuvieron el conocimiento y el cuidado desde los márgenes están ahora redefiniendo el centro mismo de su comprensión.

Ana Moruno Rodríguez
Historiadora del Arte


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